Urban

El Periscopio

El señor es mi pastor, nada me falta…

Llego a empujones a ocupar mi puesto en la parte delantera, el calor me invade, mis manos tiemblan, no paro de sudar.  El olor a muerte se extiende por el pequeño espacio, aquí sólo somos cinco, y a mí me ha tocado la peor parte.

Avanzo con miedo, mi corazón palpita demasiado rápido, creo que no lo lograré. Mis compañeros fuman y beben, al parecer, para ellos esto es normal ¿acaso no sienten miedo? Se burlan de mí, me pegan en la cara.

En verdes praderas me hace descansar…

El camino está lleno de sangre, hay cuerpos destrozados por donde miro, no tardaré mucho en ser uno de ellos. Las explosiones retumban a lo lejos, pero cada vez nos acercamos más, esta es una misión de la cual no puedo escapar.

Siento que no puedo respirar, tengo que hacerlo, debo seguir, no hay otra opción. Escucho las risas de mis compañeros, parecen disfrutar de mi debilidad, sólo uno de ellos me mira impasible.

Hacia aguas tranquilas me conduce…

— ¿Cuántos hombres has matado? — pregunta de repente.

—Ninguno, señor—

—Lo harás pronto—

Todos ríen.

Una tensa calma se siente por lo que parece ser un breve instante, en realidad han sido algo más de dos horas, no lo sé con exactitud. A nuestro paso encontramos sólo desolación y muerte, pedazos de carne destrozados de lo que alguna vez fueron hombres, mujeres y niños.

Me da nuevas fuerzas…

Absorto en mis pensamientos, intento no mirar a través del periscopio, miro mis manos temblorosas ¿En qué momento pasé de una máquina de escribir a un tanque M26 Pershing?  El ruido sordo de una ametralladora me obliga a volver, uno de mis compañeros cae, su mirada ensangrentada fija en mí.

—Eres un imbécil, ¿Por qué no disparas?— grita mi sargento, mientras mi compañero se desangra frente a mis ojos.

—Mira hacia adelante y dale a lo que se mueva, aprenderás a ser un hombre—

Y me lleva por caminos rectos, haciendo honor a su nombre…

Llevo mis manos a mi boca, intento no vomitar en frente de él, siento que mi cabeza palpita a punto de estallar.

Incapaz de reaccionar, me limito a mirar el campo de batalla. Nuestro artillero trabaja con rapidez, cada segundo es eterno, y ahora sólo somos cuatro.

Me has preparado un banquete ante los ojos de mis enemigos…

Las balas llegan desde todas las direcciones, hay humo por todos lados y mis manos siguen sin responder. De pronto todo queda en silencio.

—Muévete, buscaremos sobrevivientes— dice en voz baja el cargador.

Las risas de antes se han ido.

Un centenar de cuerpos yacen por todo el lugar, irreconocibles. Sin poder contenerlo más, vomito todo lo que puedo. Siento un fuerte golpe en mi espalda y caigo de bruces encima de mi propio vomito.

Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno…

—Levántate—

Mi sargento me toma por el cuello y pone una pistola en mi mano, la dejo caer, tembloroso.

—Te matarán, nos matarán a todos por tu culpa— dice, mientras me obliga a recoger del suelo la pistola llena de tierra y sangre.

—Sargento— Dice alguno de mis compañeros con una voz casi imperceptible.

Frente a nosotros una compañía completa se hace visible, acercándose rápidamente.

—Estamos muertos— dice mi sargento en respuesta.

Pues tú, Señor, estás conmigo, tu vara y tu bastón me inspiran confianza…

Volvemos al tanque, ahora es nuestra fortaleza

—tendrás que disparar, o juro que te mataré yo mismo— escucho en cuanto tomo mi lugar.

Tengo tiempo de respirar pausadamente antes de ser asediados por las balas, están por todas partes y no tengo más remedio que reaccionar. Cierro mis ojos, tomo la ametralladora y sin saber cómo, empiezo a disparar, no miro hacia dónde, muevo mis manos de lado a lado sin poder controlarlo, la euforia me invade y la adrenalina corre por mis venas, no puedo distinguir lo que dicen detrás de mí, no escucho, ni veo nada, mis sentidos se apagan, dejándome a merced del destino.

No sé cuánto tiempo estoy así, abro mis ojos y las balas aún no han cesado, me he quedado sin municiones, necesito cargar. Miro a mi  alrededor, todos están muertos, estoy solo, con el tanque destruido casi completamente. El miedo me hace su presa nuevamente.

Has vertido perfume en mi cabeza y has llenado mi copa a rebosar…

De manera torpe cargo mi ametralladora, mientras miro a través del periscopio, todo está oscuro y silencioso. Espero. Nada se mueve. Con una valentía que no conocía, decido salir. Caigo al suelo, las lágrimas corren por mis mejillas, soy un maldito asesino. Ojalá fuera yo quien estuviera muerto.

 ¿Eres creyente?— escucho una voz detrás de mí.  Me doy la vuelta lentamente y en medio de la bruma logro distinguir la figura de un hombre alto, enemigo sin duda.

Tu bondad y tu amor me acompañan a lo largo de mis días…

—Eso creo— respondo entre dientes

Levanto mi arma casi por instinto, una de sus balas atraviesa mi pecho…

Me desplomo bruscamente sobre mis rodillas, todo a mí alrededor se oscurece aún más. Siento otra bala y otra más.

Su pregunta resuena en mi cabeza mientras mi corazón se apaga y con mis últimas fuerzas termino la oración que al final de nada me sirvió.

Y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré.

Un cuerpo sin vida yace en el fango, bajo las balas, bajo el viento, bajo el olvido, uno de tantos, uno de miles. Un cuerpo sin vida yace allí atrapado, ignorado, sufrido, un cuerpo más de aquellos tantos, que nunca serán recordados.

“… entonces oí la voz del señor que decía:

¿A quién enviaré? ¿Quién será nuestro mensajero?

Yo respondí: aquí estoy yo, envíame a mí”.

Isaías  8,8

http://rugidosdisidentes.co/el-periscopio/

Imagen tomada de internet: Pinterest.com

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