Alma

La máquina de coser

La tarde está soleada, las nubes suben rápidas desde el oriente y los pájaros cantan animados. La casa es inundada por el sonido del pedal y la aguja se hunde poco a poco en la tela, primero despacio y después a una gran velocidad.
El piso de la sala es entablado, y el pedal suena al mismo ritmo… bum bum bum bum.
La abuela cose una cortina, une los pedazos de una colcha de retazos y hace vestidos para las muñecas de sus nietas.
La máquina es vieja, “más vieja que la panela” dice ella entre risas, pero permanece intacta, brillante como si estuviera nueva, cada parte perfectamente alineada. Sus cajones llenos de hilos, agujas y tijeras, y de infinitas historias que contar.

—mamita, enséñeme a coser— Dice una de sus nietas, pero ya ha quebrado varias agujas. Eso de usar a la vez las manos y los pies realmente no se le da.

La abuela sigue cosiendo, sus manos expertas dirigen la tela, mientras sus pies siguen el ritmo, adelante y atrás.

El piso aún es entablado, la abuela hace años no cose, no hay quién ocupe sus colchas, no hay cortinas que cambiar, ya no hay niñas, ni muñecas, pero la máquina sigue ocupando su lugar. Orgullosa del pasado, satisfecha del trabajo, como amiga y compañera, la maquina sigue igual.

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