Urban

Primor

Ese día me levanté sintiendo que pesaba la vida, que pesaban los sueños, tanto o más que las heridas.

La casa brillaba radiante bajo la luz del sol y la constante pulcritud de los muebles me asqueó un poco más que de costumbre.

El desayuno fue ordenadamente  servido y delicioso, como siempre, y el agua de la bañera dejaba escapar su asfixiante perfume.

La brillante seda pesaba en las elegantes cortinas y las rosas blancas florecían enormes en el jardín, sin una sola hierba.

La pistola dorada quedó limpia sobre la cara alfombra, y la espesa sangre roja que salió de mi boca pintó bastante bien la pared, allí donde todo combinaba a juego.

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